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Cómo conocer a Dios/El comienzo del trabajo sobre mí misma El comienzo del trabajo sobre mí misma«… Hay un milagro que cualquiera puede lograr. Es cuando, lleno de fe sincera, se decide arrancar del alma todos los pensamientos malignos y —enfocado en la Meta— no camina uno más por los senderos de la iniquidad». «Vida de San Issa», 11:8 [17] Al principio del trabajo sobre mí misma, tuve que intentar apaciguar mi mente y suprimir mis propios estados emocionales groseros tales como ira, irritación, envidia, codicia, etc. También me tocó aprender a amar a todos los seres vivos, incluidos nuestros hermanos y hermanas menores que, por alguna razón, la humanidad insiste en «amarlos» pero como una comida deliciosa. El cambio a una alimentación libre de dolor y muerte fue para mí la primera dificultad. Pero esta no consistía en resistir el deseo de comer carne o pescado, podía abstenerme de consumir alimentos de origen animal con total tranquilidad, incluso seguir los ayunos establecidos en la iglesia ortodoxa. Mi dificultad consistía en —romper el estereotipo de sentir vergüenza por ser diferente a los demás—. Y Dios tuvo que educarme a través de mi propio dolor para que aprendiera a no causar dolor a otros… Un día me dirigía a Moscú para el rodaje de una película y me decía en el camino: «Va a ser bien incómodo ante todos en el set, donde la comida es la misma para todos, pedir una comida aparte por ser vegetariana. ¡Como puedo pretender que cocinen algo especial para mí!» …Inmediatamente después de comer lo mismo que los demás, me estalló una fiebre de 40 grados. Durante los dos días siguientes seguí yendo a trabajar en agonía… Por las noches, acostada en la habitación del hotel, reflexionaba sobre lo incómodo que sería morir en una ciudad extraña: ¡cuántos problemas causaría a mis amigos y familiares por tener que transportar mi cuerpo! Y mientras tanto, la fiebre no bajaba de los 40 grados y no cedía con ningún medicamento… Me dolía la cabeza de una forma insoportable… Me acosaba la idea obsesiva de que mi cuerpo estaba a punto de rendirse y que habría que buscar un lugar dónde ponerlo… ¡En esta agonía, finalmente decidí hacer una transición definitiva e incondicional a una alimentación libre de dolor y muerte! ¡Y para mi sorpresa… me recuperé casi instantáneamente! * * * Todo lo que entendía y aprendía intentaba compartirlo con quienes me rodeaban. ¡Pero me sorprendió la total falta de interés de todos! ¡La realidad innegable que veía en cada página de los libros de Antonov —no causaba ninguna impresión favorable entre mis amigos y conocidos—! Incluso, quienes en apariencia creían en la existencia de Dios, se conformaban con… recordarlo solo en «festividades religiosas» o frente a alguna desgracia, y el resto del tiempo les resultaba mucho más cómodo vivir perfectamente… sin Él. Pero Dios no tardó en hacerme un regalo: una amiga en este Camino, mi amiga María. Y no de manera temporal, sino que nos hemos ayudado y apoyado mutuamente en cada peldaño del Camino Espiritual, incluso hoy en día… Nos conocimos en el estudio de cine, trabajábamos juntas, a veces intercambiábamos libros y hablábamos de nuestros hijos… Un día, le di unos libros de Vladimir y a cambio, recibí para leer los libros de Carlos Castaneda* donde se expone la Enseñanza de Don Juan Matus*. …Solo unos pocos al leer los libros de Castaneda son capaces de ver —detrás de la fascinante trama mística— el trabajo de Dios en la tierra a través de Sus discípulos encarnados… María no solo se dio cuenta de esto, sino que leyendo y releyendo esos libros, ansiaba el momento en que el desierto de Sonora junto con un Nagual aparecería en San Petersburgo. ¡Y sucedió para ella! Desde ese intercambio, comenzamos un trabajo en conjunto sobre nosotras mismas. María, al comprender de inmediato la prioridad de la dimensión moral y ética del crecimiento espiritual, adoptó sin titubear una alimentación libre de dolor y muerte —como algo natural en ella—. Leíamos mucho para luego sopesar juntas las mejores formas de combatir nuestros «complejos», llámense pereza, irritabilidad y todo lo negativo que lográbamos descubrir en nosotras mismas. …Y me acompañaba y ayudaba mucho la sensación de que cada mañana, al otro lado de la ciudad, a las 6:00 a.m., al mismo tiempo que yo, María hacía los mismos ejercicios psicofísicos descritos en los libros de Vladimir Antonov… * * * Sin embargo, yo evaluaba mis logros con modestia. Y Dios, también… Varias veces tuvo que asustarme un poco para que yo me activara… Una noche, me desperté con la plena seguridad de que si no estaba dispuesta a comenzar un trabajo serio sobre mí misma de inmediato, en un futuro muy cercano me esperaba un cáncer seguido de una muerte dolorosa… Por la mañana, me animé a escribirle una carta a Vladimir. Me llamó por teléfono al día siguiente. Aunque las cartas en nuestra ciudad nunca llegaban tan rápido… ¡Nos invitó a visitarlo! Cuando le conté a María sobre esta invitación inesperada, su reacción fue: «¿Tan pronto? ¡Ay, qué miedo y qué maravilla!» …Llegamos antes de la hora citada al área donde residía Vladimir. Hacía frío y viento intensos, temblábamos de frío y de miedo. Encontramos el edificio y el apartamento, pero durante media hora caminamos por los alrededores para llegar exactamente a tiempo, ni antes ni después. La comprensión de que nuestro ser interior se presentaría ante él sin filtro, que tal cual éramos sería totalmente visible ante él, sin adornos, era una idea que no nos añadía valentía. …Tocamos el timbre con manos temblorosas. La puerta se abrió… y Vladimir nos recibió en el umbral. …Cuando una persona desconocida te abraza y te saluda con un beso cordial, te introduce en un mundo de relaciones diferentes —un mundo donde reina el Amor y todos son hijos de Dios— ah, y donde al Maestro espiritual hay que tratarlo de «tú». Lo más sorprendente que recuerdo de ese encuentro fue el silencio. Y no era incómodo, sino… agradable, tranquilo. Siempre antes me había sentido muy avergonzada por el silencio en presencia de personas desconocidas. Me ponía… tensa por ello. Aquí, sin embargo, toda la tensión, todo mi «bloqueo» interno por el deseo de parecer mejor, de comportarme y hablar correctamente, se desvaneció lavado por una suave ola de paz y silencio. Había una sensación de que en esa paz se podía nadar, relajarse, disolverse completamente… Por supuesto, yo aún no sabía cómo disolverme entonces. Y por eso, a veces emergía a la superficie una ligera agitación, para luego sumergirme de nuevo en la dicha de esa paz. Por supuesto, también conversamos. Vladimir comentó sobre mí que tenía cierto «bagaje» de una encarnación anterior, pero que ya vivía en el anahata*. Dijo que las manos de mi corazón espiritual estaban ya desarrolladas, que cuando ajustaba los trajes de los actores, de mis manos fluía luz, y que fue por eso que él me prestó especial atención… Vladimir tocó el tema de mi educación ortodoxa con suavidad y ternura, y aunque habló de la iglesia ortodoxa solo cosas buenas y recordó con gratitud hacia ella su propio pasado ortodoxo, me propuso dejar atrás los estrechos marcos de la ritualidad religiosa. Esa conversación fue más que suficiente para que yo dejara de lado la ritualidad religiosa.
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