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Cómo conocer a Dios/Etapa Inicial Etapa InicialLo primerísimo de mi etapa inicial fue la lectura de los libros, el estudio de la teoría, y la aceptación de las recomendaciones éticas de la Escuela. Al leer el libro «Cómo conocer a Dios» y aceptar completamente todo lo escrito en él —comencé inmediatamente a revisar todo mi «sistema de valores»—. Uno de los pasos cruciales iniciales —fue la transición a la alimentación libre de crueldad animal—. ¡Lo que más me impactó entonces fue que nunca en la vida me había planteado este tema por mí misma! Recuerdo que en la infancia me releían un cuento clásico ruso sobre una damisela sentimental que, ante sus ojos, degollaron a un lechón. Impactada, cayó desmayada, y esa misma noche, con apetito, comía su carne. En ese entonces la despreciaba terriblemente y me enorgullecía de yo no ser así. ¡Qué bofetada recibió mi ego cuando me llegó la comprensión de que yo no era en absoluto mejor que ella!… ¡Porque, hemos de saber que, al comprar productos cárnicos, somos todos nosotros quienes damos nuestro permiso tácito para el asesinato de seres inocentes, y además, financiamos esta industria!… ¿Por qué cuando nos enteramos del asesinato de una persona gritamos horrorizados: «¡Cómo se puede atentar contra la vida ajena! ¡Qué locura! ¡Eso es sagrado!» O si alguien mata a un perro o un gato, volvemos a indignarnos: «¡Qué monstruo, qué ser despreciable!» Ahora bien, ¿por qué entonces aceptamos tácitamente el asesinato de otros animales para comérnoslos?… ¡Durante mucho tiempo no pude entender por qué esto no nos hiere! Intentando responderme esta pregunta, logré ver que es un patrón de pensamiento lo que cubre todo el horror de esta ceguera del corazón y de la razón. Así, casi la totalidad de la gente ve estos temas como si llevaran vendas en los ojos. Y les son impuestas desde la más tierna infancia cuando los padres le imparten al niño las primeras nociones del mundo, diciendo cosas como: «el roble es un árbol, la hierba es verde, y la carne es comida». Y esta información inicial se convierte luego en un axioma que no requiere pruebas. Esta información se transforma en una base sólida sobre la que la persona construye posteriormente sus relaciones con el mundo. ¡Cuando ya adulta finalmente me llegó la comprensión del crimen que había cometido durante toda mi vida contra los animales —quedé impactada hasta las lágrimas más amargas—! ¡Incluso, siendo considerada una persona de buen corazón, ¿cómo pude permitir que, por mis caprichos gustativos, fueran asesinados cientos y cientos de otros seres?! Durante mucho tiempo me arrepentí angustiada con la garganta contraída de tanto llorar… Más adelante, al explicarle a otros por qué renuncié a alimentarme de animales asesinados, me topé con una total incomprensión y rechazo de este concepto ético. ¡Cuántas absurdidades no escuché! Tales como: «¡Los animales comen a su vez carne! ¿Y en qué se diferencian las personas de los animales? ¡Pues, en nada! ¡Todos somos mamíferos!» ¡Así, resultó que no todos entienden siquiera el significado de la palabra mamífero*! …Una conocida mía amaba repetir que lo más importante para ella en la vida era el amor. Pero cuando le propuse hacer la transición a la alimentación sin matanza, me dijo: «Sí… siento pena por los animales por supuesto. ¡Pero es tan conveniente desayunar salchichón por la mañana!» Y otros simplemente sorprendidos e indignados me decían: «¡¿Qué es eso de no comer carne?! ¡Aléjate ya de esa secta!» También descubrí que lo que más les molestaba era que me negara a comer carne por motivos éticos. Quien lo hacía por prescripción médica o por alguna promesa, nadie decía una palabra. ¡La explosión de indignación la provocaban precisamente —mis intenciones altruistas—! Y empecé a dilucidar otros misterios. El lema anti espiritual: «¡tenemos que querernos solo a nosotros mismos!», era bien recibido con enorme entusiasmo. Mientras que las propuestas de amor al prójimo o a otros seres —provocaban una ira justificada o terribles sospechas—… Durante algún tiempo, por costumbre, intenté mantener relaciones con algunas de esas personas ya que al fin y al cabo eran mis parientes… Pero pronto comprendí que los verdaderos parientes no son en absoluto las personas con quienes compartimos ancestros biológicos u otras circunstancias como clanes familiares. Todos estos más bien deberían describirse como cuerpos emparentados. ¡Los verdaderos parientes son las almas afines —seres que tienen aspiraciones de vida similares guiadas por principios espirituales únicos—! Por cierto, es una gran rareza cuando bajo el techo de una misma casa viven almas afines. En este sentido, tuve una suerte extraordinaria: ¡tanto mi hija como mi padre aceptaron en sus vidas los principios éticos descritos en los libros de Vladimir Antonov! ¡Cosa que considero como otro regalo invaluable de Dios! …Así, iba aprendiendo a vivir de una manera nueva, y a vivir en un estado de amor, mientras intentaba realizar los ejercicios prácticos iniciales descritos en el libro «Cómo conocer a Dios».
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