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Conocimiento contemporáneo sobre Dios, la evolución y el significado de la vida humana.
Metodología del desarrollo espiritual.

 
MARÍA SHTIL
 

Cómo conocer a Dios/MARÍA SHTIL


MARÍA SHTIL

La búsqueda de la Libertad

Siempre me interesó conocer qué hay al otro lado del mundo material habitual.

Entre mis búsquedas, hallé que hay un breve pero muy interesante instante al atardecer cuando el Sol está a punto de desaparecer en el horizonte, dejando los últimos rayos de luz sobre la superficie terrestre… Esos rayos poseen tal fuerza que parece que todo se disolviera en el oro del atardecer, como que todo se funde en esa despedida… Cada vez que observaba esta escena, esperaba que en ese resplandor dorado se abriera una puerta a otro mundo —un mundo de Libertad Ilimitada— y que yo pudiera deslizarme en el…

Mas el Sol desaparecía en el horizonte, el mundo recuperaba su densidad anterior, y mis sueños seguían siendo solo sueños… La puerta a otros mundos no se abría —porque la buscaba en el lugar equivocado— la buscaba fuera de mí cuando esta puerta sí existe y sí se abre… pero dentro de cada uno de nosotros.

Siempre creí en una Fuerza Superior, en una Inteligencia Suprema. Comprendiendo que no hay casualidades, intentaba ver la cadena lógica de causas y efectos —tanto en mi propia vida como en los destinos de otras personas—. Pero no podía llamar a esta Gran Fuerza que guía nuestros destinos «Dios», porque la palabra «Dios» la asociaba entonces solo con la iglesia ortodoxa rusa, con la cual yo no congeniaba. Sentía que la ortodoxia no abría las puertas de la Libertad, sino que al contrario, nos limitaba. Además, la ortodoxia pinta al propio «Dios» como un Juez severo y temible que vigila el cumplimiento de ciertas reglas absurdas, inexplicables e innecesarias para la mayoría. Y este «Dios ortodoxo» —yo no podía aceptarlo—.

¡Pero resulta ser que a este Gran Ser le resulta absolutamente indiferente cómo le llamemos, pues recibe nombres por millares! Existiendo así, miles de lenguas y miles de posibilidades para abrirse camino hacia el corazón de cada persona. ¡Y de ninguna manera este Gran Ser es un Juez temible, sino que es —el Maestro más Sabio y Amoroso—!

Y ante mi dilema, como que me ofrecía una solución: «Ah, ¿así que no te gusta la palabra “Diosˮ? ¡No hay problema! ¡Aquí te dejo un libro donde Me llaman de varias maneras diferentes: “Fuerzaˮ, “Espírituˮ, “Águilaˮ… así que elige el nombre que más te guste!»…

Era el libro de Carlos Castaneda «Las enseñanzas de Don Juan».

Y por supuesto, cuando cayó el libro en mis manos —lo percibí como un «regalo del destino»—. Era el libro que había esperado toda la vida; un libro sobre la Libertad —esa Libertad con la que tanto soñaba y en la que creía con todo mi corazón—…

Durante varios años, leyendo y releyendo todos los libros de Castaneda, irradiaba felicidad comprendiendo que finalmente había encontrado el sentido de mi vida: «¡Dedicarme a la obtención de esa misma Libertad que alcanzaron Don Juan y los guerreros espirituales de Su grupo!»

El sentido común me decía que esto sería casi imposible. ¡Después de todo, ¿cómo irme a vivir a México?! ¡Y aunque lo consiguiera, ¿cómo encontrar allí a esta gente?!

Pero a pesar de los argumentos de la razón, se formó en mí una intención inquebrantable: «unirme al grupo de algún Nagual»…

Suponía que el camino del discipulado por el que pasó Castaneda era el único posible, y esperaba tener que recorrerlo exactamente igual, en todos sus detalles y en la misma secuencia…

Aunque me asustaba el hecho donde se explicaba que a todos los guerreros espirituales de ese linaje sin excepción, en algún momento de su discipulado, les esperaba una lucha con el «aliado» —una lucha en la que el guerrero debía vencer o morir de miedo en el intento—… Y como todo lo que leía lo tomaba en ese entonces literalmente, esa idea me ponía los pelos de punta…

¡Pero no pensaba retroceder! Y aunque no sabía pelear en absoluto, me armé de valor y me dije: «¡bueno, si no hay manera de evitar esto —me encontraré con ese “aliadoˮ y lo apalearé—!»

Ahora me divierte recordarlo, pero en ese entonces… ¡tomaba esto bien es serio!

No obstante, describiendo su experiencia mística, Castaneda contaba que en cierta ocasión Don Juan le ordenó atrapar dos lagartijas, para coserle los ojos a una y la boca a la otra (no recuerdo el resto de los detalles de esta pesadilla para mí). Y esa fue la única prueba a la que me negaba en mi supuesto futuro discipulado: «¡Morir yo de miedo, que suceda, pero causar sufrimiento a las lagartijas —ni hablar—!»

Y por supuesto, cada noche intentaba infructuosamente encontrar mis manos en el «sueño», intentaba «recapitular» mi vida, y detener el «diálogo interno» mientras caminaba por las calles como sonámbula…*

No es difícil suponer que esto no daría ningún resultado positivo.

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