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Cómo conocer a Dios/Don Juan Don JuanNo entendía ni la mitad de lo escrito por Castaneda, pero sí percibía la Gran y Hermosa Fuerza que estaba detrás de cada línea de sus libros. ¡Y me enamoré de Ella! Fue por esto que probablemente Don Juan oyó mi grito desesperado: «¡Llévenme con Ustedes! ¡Acéptenme en su mundo!» Solo ahora comprendo que fue precisamente Don Juan quien tomó a Su cargo mi educación, comenzó a guiarme, a prepararme para el encuentro con el verdadero trabajo espiritual —porque tal como yo era, no servía en absoluto para esto—. Era entusiasta, sí… pero una soñadora perezosa… Y en este Camino solo los verdaderos guerreros pueden avanzar. Y con toda clase de trucos ingeniosos, Don Juan me llevaba poco a poco a que comenzara a cambiarme a mí misma. Por ejemplo, Don Juan me elaboró una lista de reglas que debía cumplir inexorablemente cada día. ¡Esas reglas nunca las violaba! Fue algo así como un voto que Don Juan me invitó a hacer ante el Poder. Por supuesto, al principio mis relaciones con la Fuerza eran muy parecidas a transacciones comerciales: «tú me das, yo te doy». De forma tal que para que yo «firmara con sangre» la siguiente regla, a Don Juan le tocaba asustarme o prometerme algo… En resumen, Él me educaba con el método «del palo y la zanahoria» —de otra manera a un ser doméstico tan perezoso como yo no se le podía mover ni un milímetro—. Solo ahora comprendo cuán grande es la disposición de Dios de tender «una mano amiga» a cualquiera en quien surge el anhelo de ponerse en la «senda del corazón», y quien llega a la comprensión de que hay que cambiarse a sí mismo. ¡Y para ayudarnos en esto, Dios utiliza cualquier posibilidad y cualquier método! Dos tercios de mis «reglas» consistían en tonterías varias, pero aun así me enseñaron disciplina y que debía cumplir los compromisos que adquiría a toda costa. Uno de mis principales defectos era una pereza terrible. Incluso me enorgullecía de ser como los búhos… «¡Y cómo no serlo, soy diseñadora y artista y me muevo en un ambiente de estética e intelectuales! ¡Así que tengo pleno derecho a llevar una vida bohemia y perezosa!…» —era mi pensamiento. Una de las «medicinas» que me recetó Don Juan contra esta «enfermedad» era saltar de la cama al primer timbre del despertador, correr al baño y verter sobre mí un balde de agua fría. Así, las primeras semanas me despertaba gimiendo: «¡¿cómo fue que me comprometí a causarme este suplicio a mí misma?!» Pero, por suerte, ya no tenía elección. Otra de Sus reglas resultó ser la exclusión total del alcohol de mi dieta (¡incluso el contenido en los bombones con licor!). Tan estricta medida me pareció entonces extraña, pues dos o tres copas de vino de vez en cuando haciendo sociales no se podía llamar dependencia alcohólica. ¡Tras anotar esta regla en mi lista de promesas, caí en cuenta con horror que en una semana se celebraría el Año Nuevo! «¡Dios mío… —gemía yo—, ¿qué he hecho?… ¿cómo celebraré el Año Nuevo sin champaña?!» Pero nada… lo celebré con un vaso de yogurt. ¡Y les juro que estaba delicioso! Otro punto importante de mi transformación fue la erradicación de la irritabilidad. Había varias personas en mi entorno que con facilidad me llevaban a «explotar». La nueva regla consistía en —permanecer en completa calma y no reaccionar al disparate ni al aburrimiento—… ¡Debía aprender a autocontrolarme! Sorprendentemente, esta práctica dio sus primeros frutos bien rápido. ¡Quedé impresionada con los resultados! Tan pronto como aprendí a controlarme —los que me rodeaban dejaron de intentar «irritarme»—. ¡Simplemente les dejé de interesar! Y con el mismo método logré comenzar a refrenar mi «sentimiento de importancia personal». Así, comencé a mirar todos los eventos de mi vida como lecciones que me impartía la Fuerza —lecciones de ética, amor y compasión—. …Transcurrieron varios años. Por supuesto, no me convertí en la guerrera espiritual que quería ser en ese corto tiempo ya que seguí siendo una persona ordinaria prisionera de mil convencionalismos y estereotipos de comportamiento. Pero aun así, Don Juan «movió mi punto de encaje», me «despertó», me enseñó a «superarme a mí misma», y gracias a esto, cuando llegó el momento de —desprenderme de mi naturaleza humana— pude hacerlo como una verdadera guerrera.
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