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Cómo conocer a Dios/Primeras clases Primeras clasesEn primavera empezaron las clases regulares. Era un curso sobre la apertura del anahata. Incluía ejercicios psicofísicos, pranayamas, latihan y diferentes métodos para limpiar y sutilizar el anahata. Sentía cambios en mí después de cada clase: cambiaba mi percepción del mundo circundante y yo misma cambiaba. Ya en la segunda clase aprendí a sonreír de verdad. Lo logré al dominar la inmersión dentro de mi propio anahata, y eso fue suficiente para que la sonrisa —si no externa, al menos interna— no desapareciera. Recuerdo que en una de las clases alguien trajo un tipo de alga para mostrársela a Vladimir, la cual, según decían, poseía propiedades curativas únicas y una energía excelente. Al verla, él solo frunció el gesto. Y luego, mirándome me dijo: «¡Cuánto has cambiado! ¡Cuando te vi por primera vez eras tan “no comestible” como esta alga!» ¡Ohhh! ¡Fue el cumplido más asombroso que me habían hecho en la vida! ¡Yo era mejor que esa alga! Entre las carcajadas de todos, me estrechó en un abrazo y me llenó de besos. Estaba en «el séptimo cielo» de la felicidad. … Pronto, parecía que había un plan para ir al bosque, a un lugar de poder. Reunidos para este evento, Vladimir nos recordó que la ropa sintética «bloqueaba» la energía y que era imposible sentir bien la energía del espacio cuando uno viste ese tipo de prendas. «Vístanse abrigados para mañana: suéteres, vatnik*, mochilas, botas de goma para los pies, etc.» —dijo, como si hablara de las cosas más cotidianas para todos. Pero ¡ay!, nada de esto era cotidiano para mí. Escuchaba todo eso y con cada palabra suya se me «descolgaba más la mandíbula». ¿Vatnik…, mochila…, botas de goma…? Para mí —que solo ayer era una «alga no comestible»— eran cosas de otro planeta. En mi armario de «dama elegante» ni siquiera había jeans. ¡Y para el bosque mañana en la mañana…! «Yo no tengo vatnik…» —susurré con los labios casi inmóviles. Vladimir, sin pestañear, sacó del armario un vatnik lleno de parches y, con un «te lo presto», me lo dio. Las botas las compré quince minutos antes del cierre de la tienda ese día, y la mochila y los pantalones prometió Anna traérmelos.
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