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Cómo conocer a Dios/Un poco sobre la muerte Un poco sobre la muerte«…Cuando no estás en paz, deberías pedir consejo a tu muerte. Una cantidad inmensa de pequeñeces se desprenderán de ti… La muerte es… un consejero muy sabio que tenemos a nuestro alcance». Juan Matus [6,27] Dios, me recordaba la muerte del cuerpo regularmente, especialmente cuando me perdía en el ajetreo terrenal… Vladimir siempre nos proponía esforzarnos por no dejar, en la medida de lo posible, ni asuntos ni deudas terrenales pendientes, incluyendo asuntos inmateriales. Nos sugería vivir de tal manera que —si la muerte llegara en este mismo instante— no tuviéramos nada pendiente con la vida o que nos hiciera mirar atrás… Y Dios con gran habilidad apoyaba a Vladimir en hacerme entender esto… Él me mostró la cara de la muerte a través de la amenaza de una operación quirúrgica (que no se realizó), proponiéndome prepararme para ella como si no fuera a despertar de la anestesia… O me mostraba la muerte de otras personas… O me apuraba un poco, recordándome directamente que no vivimos eternamente en estos cuerpos y que sería bueno recordar las cosas realmente importantes para tener tiempo de hacerlas… Contaré uno de esos episodios. En ese entonces, acababa de comenzar a estudiar con Vladimir y aún trabajaba en el estudio de cine… Un día, corría como de costumbre con un montón de trajes entre los edificios del estudio, cuando de la nada me atropelló un coche que no vi venir y que afortunadamente no iba muy rápido. Era invierno y estaba el pavimento resbaladizo. Al ser golpeada, resbalé y terminé deslizándome por debajo del coche. El conductor, pálido del susto, me sacó y me levantó, sorprendido de que estuviera ilesa… Agradecí a Dios por esta lección… Porque me mostró, de manera muy concreta y clara, que la muerte puede llegar de repente, inesperadamente, cuando menos la esperamos… Pero, para que no olvidara esa lección, Dios me recordaba la muerte de vez en cuando y me apuraba, para que entendiera cuánto aún me quedaba por hacer. Por ejemplo, mi madre, que acompañaba por esos días a su amiga enferma de cáncer al hospital, me contaba que las filas de pacientes con cáncer se parecían a las filas en las paradas de autobuses abarrotadas en hora pico. Y recordé cómo Dios una vez me mostró en un sueño a mí misma, de pie en una de esas «filas hacia la muerte»… En el mismo sueño, en tono jocoso, me mostró otra «fila», la de los Perfectos ante la entrada a la Morada del Creador… Recordé de inmediato lo poco que aún había hecho en este Camino… Y también pensé en lo importante que es esforzarse lo máximo posible para ayudar a otras personas a reflexionar sobre esto y tengan ellos también suficiente tiempo de finiquitar sus asuntos… …La enfermedad y seguida muerte de esa amiga de mi madre me enseñaron mucho. Estaba profundamente agradecida a esa mujer que, en mis primeros pasos en la confesión de la fe, me enseñó la humildad cristiana. Era una persona sincera y profundamente creyente. Luego intenté compartir con ella los conocimientos que había adquirido para entonces, pero no lo logré. Siendo ortodoxa, no creía en lo que yo le decía, no aceptaba mis puntos de vista, no leía libros «pecaminosos»… Pero una vez, Jesús, hablando a través de mí, le prometió la sanación. No obstante, le pidió en agradecimiento por Su ayuda, que observara una alimentación estrictamente vegetariana sin causar dolor a ningún otro ser durante esta nueva vida que Él le otorgaría. Jesús, para confirmar lo dicho, le dijo repetir los análisis en una fecha exacta para ello. El día propuesto, se fue a hacer los análisis y sorpresa, ya no había presencia de células cancerosas. ¡Pero ella, aun así, no creyó que hubiera sido Jesús a través de mí! ¡Y obstinada en seguir con su credo, ignoró la sugerencia de Jesús, siguiendo con lo suyo! Así, el cáncer regresó a su cuerpo prontamente… Porque uno de los disparadores del cáncer —es la colonización del cuerpo humano por el alma de un animal asesinado que se usa de alimento— y que construye en el interior «un nido» de células cancerosas. Murió exactamente un año después, exactamente en la misma fecha en que, un año antes, había sido sanada por Jesús… Hasta su último aliento, continuó aceptando su destino con humildad y cumpliendo estrictamente todos los ritos y preceptos de la iglesia… ¡Qué conmoción y qué confusión sintió cuando, tras la muerte de su cuerpo, no se encontró en el paraíso! Todo resultó no ser como sus «pastores» le habían prometido… Después de morir, ella vino a mi habitación. Yo tenía muy poca experiencia en comunicarme con almas no divinas y no la noté de inmediato. Intentaba llamar mi atención. Me sentía mal, sofocada, no entendía qué pasaba. Y solo después de un rato la noté. Entonces sentí intensamente el dolor de esa alma engañada… Para calmarla de alguna manera, le pedí que se sentara en una silla que había en la habitación. Ella flotó sobre la silla en una postura sentada… Intenté ayudarla como pude… Le propuse que recordara las emociones más tiernas de amor que había experimentado en su vida, la paz y la transparencia silenciosa de aquel otoño tras su sanación, cuando por primera vez en su vida escuchó cómo caían las hojas al suelo en el silencio… Ella encontró un poco de paz… pero por ley —el estado de amor que no fue adquirido por el alma durante la vida en el cuerpo material— no podrá ser adquirido tras abandonar el cuerpo… ¡Y cuánto más podría haber logrado ella, siendo sincera y profundamente creyente, si hubiera… escuchado la verdad! En ese momento comprendí con claridad el obstáculo que supone no tener acceso a un conocimiento real acerca de Dios y del sentido de nuestras vidas. ¡Y cuán importante es poner este conocimiento al alcance de todas las personas!
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