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Conocimiento contemporáneo sobre Dios, la evolución y el significado de la vida humana.
Metodología del desarrollo espiritual.

 
Larisa Vavulina
 

Cómo conocer a Dios/Larisa Vavulina


Larisa Vavulina

El comienzo

Cuando Dios ofrece un Camino Directo hacia Él y encima provee un Maestro que recorrió el mismo Camino —conociendo de antemano la Meta a lograr—. Se requiere del alumno confianza plena en ese Maestro y devoción absoluta en el Camino a recorrer, ya que de lo contrario —no se logrará nada—.

¿Mas, cómo expresar el amor del alumno hacia su Maestro? ¿Cómo decir «¡te amo!» a quien te ama tanto, se entrega por completo para ayudarte a alcanzar la Perfección, y te guía para reconocer a Dios y fundirte con Él?

¿Cómo decir «¡gracias!» a quien constantemente te recuerda, te cuida, y te sostiene en sus manos de amor consciente, a quien, al tomarte como alumno, asumió ante Dios la responsabilidad por ti?

¡No encontré palabras que expresaran eso, pero esto vivía en mí y necesitaba manifestarlo!

… Luego, cuando Dios se había establecido firmemente en mi vida, me dirigí a Él con esta pregunta:

—¿Cómo servirte mejor, Señor?

—¡Escribe sobre Mí! ¡Pues Yo no soy una abstracción! ¡Soy la Realidad! ¡Yo existo realmente! —dijo.

Mas cuando más tarde Dios le anunció a mi maestro que el próximo libro sería un compendio de nuestras autobiografías, quede desconcertada… ¿Cómo empezar semejante obra?

Toda mi vida anterior en esta actual encarnación —antes de llegar a la Escuela de Vladimir Antonov*— estaba muy lejos de ser la vida de una asceta espiritual. Es difícil escribir sobre esa parte de mi vida, porque ahora, mirando atrás, entiendo que esa existencia mía no era una vida verdadera en absoluto. En ella no estaba presente ni Dios ni la comprensión de para qué era que vivía, no había conciencia y simplemente el tiempo lo pasaba inerte… la vida simplemente fluía… y yo flotaba en esa corriente…

No obstante, Dios me daba algunas lecciones aquí y allá, y yo iba adquiriendo experiencia vital…

…En la familia en que nací, nadie se ocupaba seriamente de mi educación. Mi padre, quien trabajaba como obrero en una pequeña fábrica de radiadores de hierro para calentar hogares, no era un hombre educado ni culto. Después del trabajo se iba a jugar dominó con los amigos y a beber vodka. Así, nunca participó de mi crianza y tampoco se interesaba por mis asuntos.

Solo una vez, tras haberme graduado de la universidad técnica, mientras estudiaba en el instituto nocturno a la vez que trabajaba, de repente abrió la puerta de mi habitación un día y me preguntó casi con ternura:

«Hija, ¿has hecho hoy tu tarea?»

Por su parte mi mamá, tras terminar la universidad técnica, se empleó como capataz en el taller de una enorme fábrica que hacía cubertería. Allí el trabajo manual era muy pesado y eran casi todas mujeres. Mi madre era para ellas «su mamá», la querían y la respetaban por su honestidad, bondad y enorme desempeño. Resultando que carecía de tiempo libre para mi crianza.

Por otro lado estaba mi hermana mayor con la cual no me llevaba bien, no le toleraba violencia alguna sobre mí, y me resistía ferozmente ante cualquier intento suyo de «educarme». Más tarde, desarrollamos principios de coexistencia pacífica y casi no nos peleábamos, aunque no éramos cercanas —ella tenía su vida y yo la mía—.

También estaba la abuela, la mamá de mi papá que vivía con nosotros. Era callada y bondadosa. Casi todos los quehaceres domésticos recaían en ella, y prácticamente no salía de casa excepto por las visitas de verano a Mordovia* adonde me llevaba también a mí.

La primera vez que fuimos yo tenía siete años. ¡Fueron las impresiones más fuertes de mi infancia! Desde la estación de tren hasta el pueblo, había que viajar varias horas por un camino rural en una carreta tirada por un caballo. ¡Y he aquí, que por primera vez yo, habitante de la ciudad, me encontré en un espacio natural abierto!

¡Era de mañana y brillaba el sol! Alrededor, hasta perderse en el horizonte, se extendían sobre las colinas suaves campos y prados que se alternaban con barrancos y pequeños bosquecillos. ¡Por primera vez veía cómo en el campo crecía el trigo, el centeno, el alforfón, la avena, el mijo…! Y en los prados florecían multitud de flores y crecían diferentes hierbas. Alto en el cielo cantaban las alondras. ¡Todo esto parecía una alfombra multicolor —enorme, viva y muy hermosa—! ¡No podía apartarme de la belleza circundante!

¡Ese verano, vi por primera vez claros enteros de fresas y de unas frutillas silvestres tres veces más grande que las fresas, de color morado oscuro, dulces y aromáticas!

¡Además, aprendí a pastorear vacas y ovejas, y a tumbarme sobre el heno!

…Al pasar de los años, dado que la mayor parte del tiempo me hallaba sola, se formó en mí un mundo interior propio. Era un mundo de justicia y amor. Un mundo de amor igual para todos los seres y que nunca ofendía a nadie.

Vivía con gran intensidad cualquier injusticia, especialmente en relación con las otras personas. Entonces, me hallaba dispuesta para defender a cualquiera ante alguna injusticia.

Además, amaba a la Madre Tierra y decía que estaba viva. Me gustaba acostarme boca abajo sobre la hierba y apretarme contra la Tierra con todo mi cuerpo, extendiendo los brazos y abrazándola… O acostada de espaldas, observar la forma caprichosamente cambiante de las nubes que pasaban en lo alto… ¡Eran momentos de gran paz para mí!…

…Sobre que existe Dios, en nuestra casa no se hablaba, pero tampoco se negaba Su existencia. Únicamente la abuela se persignaba en silencio mirando el icono de la «Virgen María», susurraba para sí oraciones y en las fiestas le encendía una lamparilla al icono.

Mi vida era atea y transcurría bajo el lema general: «¡Por nuestra feliz infancia, gracias a nuestra querida madre patria Rusia!»

…Como todos luego asistí a la escuela. Siempre me gustaba aprender cosas nuevas y estudiaba y me entusiasmaba con todo fácilmente. En el club juvenil local participaba de muchos círculos: teatro, costura de ropa, bailes de salón, radio, etc. Además, jugaba al baloncesto y me gustaba esquiar, ¡pero lo que más amaba era nadar! ¡En el agua me sentía —como en mi elemento natural—!

Después de la escuela, me gradué de la universidad técnica de ingeniería marina. «Por distribución nacional» llegué a trabajar en un instituto de investigación científica. Inmediatamente ingresé a estudiar en el departamento nocturno de la universidad. Estudiaba y trabajaba, y al mismo tiempo di a luz dos hijas.

…Así, mi vida consistía en «estar atascada hasta las narices» en el mundo de la materia…

Trabajaba en el taller de una enorme planta metalúrgica como ingeniera. El trabajo y las preocupaciones de mi nueva familia, sumado a un matrimonio sin sentido en el cual no había ni rastro de amor ni armonía —me sumergió en una especie de «zona gris» de existencia—… Muy pronto, todo se desmoronó, nos divorciamos y terminé sola con dos niñas pequeñas.

Para sustentarnos tuve que tomar un segundo trabajo… Los asuntos domésticos y el cuidado de las niñas absorbían toda mi atención…

Luego, conocí a un hombre que me pareció tener la capacidad de amar y cuidar de una familia y me casé por segunda vez… Pero resultó ser un alcohólico que agarraba unas borracheras terribles… Él cuidaba una hija de su primer matrimonio, así que súbitamente terminé a cargo de una tercera hija…

… Al principio intenté luchar contra la «enfermedad» de mi esposo, iba con él al médico, compraba medicamentos caros, etc. Él aceptaba dejar de beber, pero muy pronto retomaba sus borracheras…

Hasta que por fin entendí que todos mis esfuerzos eran inútiles ya que el alcoholismo no es una enfermedad, sino una consecuencia de la debilidad humana por la complacencia de los propios vicios. Y nadie, excepto la persona misma —a través de sus propios esfuerzos— puede liberarse de este o cualesquiera otros vicios.

…Diez años de vida en ese infierno me enseñaron mucho. Pero lo más importante fue que viviendo en ese infierno —fui mirando en la dirección de Dios—.

Así, un día consideré a Dios seriamente por primera vez e inicié una conversación con Él: «¿Qué hacer ahora Padre? ¿Cómo vivir con esto? Irme con las niñas no tengo adónde. Mi esposo tampoco se irá. El divorcio no cambiaría nada. No pareciera haber salida…»

Y fue justo con esta práctica que me llegó la comprensión: ¡No hay salida afuera de mí en el plano material, pero si la hay dentro de mí! ¡Puedo cambiarme a mí misma y aceptar lo externo tal como es! ¡Debo dejar de intentar remodelarlo todo! ¡Intentar convencer a los demás de mejorarse por la fuerza —es un sinsentido que no mejora los resultados— y hasta los empeora!

Ahora entiendo que ese fue mi primer intento consciente en mi aprendizaje acerca del amor que es humilde.

Mi esposo no dejó de beber, pero de nuestras relaciones se fue la tensión, yo lo «solté» desde el fondo de mi alma, tras lo cual cuando se emborracha, en vez del infierno anterior, ahora habla de cuánto nos ama…

Así, en un instante cambió todo para mí y nació un amor completamente diferente en mi interior: ¡amar a los demás —ayudándoles—!

¡Y veía que Dios se sentía complacido!

Ese momento fue decisivo en mi vida.

Pero ya tenía casi cuarenta años.

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