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Cómo conocer a Dios/Acerca del trabajo meditativo Acerca del trabajo meditativo¿Qué es la meditación? Mucha gente cree que meditar consiste en permanecer sentado en silencio, con las piernas cruzadas y la mirada convergiendo en la punta de la nariz… Mucho antes de encontrarme con Vladimir, yo misma había probado «meditar» exactamente así… Permanecía sentada de ese modo… Pero ¿y luego? ¿Acaso solo había que quedarse allí y aguardar? ¿Cuánto tiempo y qué era lo que debía esperarse?… Leyendo las obras de Castaneda, yo anhelaba repetir lo que en los libros se describía. Pero ¿cómo hacerse con esa «segunda atención»*? Castaneda no daba explicación alguna. Siempre era igual… Don Juan le propinaba un golpe en la espalda y de inmediato algo extraordinario sucedía… ¿Y yo qué? ¿Quién me iba a golpear a mí? Claro que intenté detener el diálogo interno, pero tampoco dio buen resultado, porque me esforzaba «instalada en la cabeza», es decir, desde la cabeza misma intentar bloquear el torrente de pensamientos. ¡Qué sufrimiento! Lo máximo que conseguí entonces fue transformar el caos mental en una única idea obsesiva y repetitiva: «¡No pienses en nada!», «¡No pienses en nada!», «¡No pienses en nada!»… Solo Vladimir me aclaró el mecanismo para alcanzar la tranquilidad mental o al menos lograr una pausa: «Solo hay que salir con la conciencia de la “burbuja superior de percepción” y entrar en la inferior para que el diálogo interno se desvanezca por sí solo. “Desde la cabeza” uno solo puede usar la cabeza, con lo cual en realidad no se logra nada. La quietud interior, el movimiento consciente en el espacio multidimensional, la facultad de percibir lo realmente esencial en el Sendero hacia el Creador y al Creador mismo —todo ello solo se alcanza desde la “burbuja inferior”*—» … Recuerdo cómo, en los inicios de nuestro aprendizaje, Vladimir nos mostró un lugar de poder muy interesante. Se hallaba en un puente sobre un riachuelo. Al cruzar la frontera del lugar de poder, la conciencia caía repentinamente hacia abajo sin esfuerzo alguno. Vladimir decía: «¡Es muy simple! No hace falta “desgarrarse” fuera del cuerpo. Basta con percibirse tendido boca arriba en el lecho del río. El traslado es instantáneo, pues la conciencia se desplaza a la velocidad del pensamiento.» Me puse entonces a observar el agua fresca que corría. El riachuelo no era profundo, se distinguía la arenilla del fondo, la corriente balanceaba las algas. Después, flui con la conciencia hacia la «burbuja inferior» y de repente me di cuenta de que reposaba en el lecho del río, notando con la espalda la arena blanda, el agua pura de primavera circulaba en torno a mí y me atravesaba… Estaba tan serena y feliz… todas las preocupaciones y los pensamientos se los llevaba lejos la corriente… De repente, como amortiguada por el espesor del agua, oí la voz de Vladimir: «¡Vigila que tu cuerpo no termine también allí! Pareces olvidar que permaneces de pie en el filo del puente.» … Entonces quedé enormemente sorprendida, pues era la primera vez que conseguía trasladarme enteramente a otro mundo y sumergirme en él hasta hacer desaparecer para mí el plano material. ¡Y fue tan fácil! … Vladimir, sin duda, celebraba siempre nuestros avances. Sin embargo, no se limitaba a enseñarnos meditaciones específicas. Al asignarnos nuevas prácticas, no solo detallaba la técnica, sino que desvelaba la estrategia subyacente. Teníamos que entender cómo cada ejercicio se integraba en el plan global del Sendero y tomar conciencia —también al nivel intelectual— de cada escalón recorrido. Por poner un ejemplo, al proponernos la práctica del puente, Vladimir aclaraba de forma muy comprensible por qué resultaba esencial aprender a bajar la conciencia justo por debajo del cuerpo: «Desde la niñes hemos aprendido de modo natural a percibir el mundo desde los chakras del cráneo, o sea, desde la parte superior del cuerpo. Pero para triunfar en el Sendero espiritual debemos trasladarnos al dantian medio —el chakra anahata— situado en el centro del tórax. Eso no lo logra todo el mundo de forma simple y rápida. Por ello, lo acertado es dominar primero una concentración firme de la conciencia lo más abajo posible, como en el polo contrario a la cabeza. Luego resultará sencillo establecerla también en el medio. »Otro punto a considerar, es abandonar el cliché mental presente en casi todas las tradiciones religiosas donde “Dios está arriba y el infierno abajo”. Los Maestros Divinos suelen manifestarse como inmensos y altos Mahadobles Ígneos en la Tierra, así, las personas contemplaron Sus Rostros siempre mirando hacia arriba, a lo alto del cielo. De ahí nació la noción de que Dios está arriba. Pero la realidad es otra —Dios está en todo y en todos lados, arriba y abajo— mas los acercamientos al Creador no se deben buscar hacia lo alto respecto a la superficie terrestre, sino en lo hondo de los corazones espirituales desarrollados, en las profundidades sutiles del cuerpo de consciencia. Precisamente allí hallamos la dimensión espacial más sutil de la Creación, —la Morada del Creador—. … Cuando practicábamos en las vastas extensiones de los prados, dentro de los inmensos Mahadobles de nuestros Maestros, Vladimir nos orientaba: «Fluyamos desde el anahata hacia atrás, e intentemos al instante extendernos, fundirnos en el espacio de Luz. No intenten sentir su forma humana a la altura del cuerpo físico. Eso pertenece a la experiencia ocultista y a sus esfuerzos por abandonar el cuerpo material hacia el cuerpo astral. Eso carece de perspectivas. Nuestras metas son totalmente diferentes, son más todo abarcantes y debemos procurar disolvernos sin demora en la Luz de la Conciencia Divina.» … Después, cuando nosotros mismos empezábamos a formarnos como maestros, Vladimir nos aclaraba que no era suficiente dominar los métodos y la metodología del progreso espiritual, sino que también debíamos entender la psicología de los alumnos: «En el proceso de llegar a ser Dios, hemos de hacernos psicólogos —porque Dios es el Psicólogo supremo—.» … Al dar nuestros primeros pasos como instructores, creíamos que lo esencial era localizar personalmente la frontera del lugar de poder, experimentar intensamente la meditación y después transmitirla de forma precisa y adecuada a los alumnos. Pero Vladimir se reía en aquellos momentos: «Sois como divos en un teatro subiendo al escenario para interpretar vuestro solo. ¡No, así no es! ¡Hay que hacerlo de otro modo! Es fundamental mantener una conexión con los alumnos. Tenéis que percibir si cada uno de ellos lo logra o no. Si no lo consigue, debéis hallar el motivo del fallo y asistirle para superarlo.» Vladimir siempre nos sirvió de modelo en cuanto a cómo conducir a los demás. Aunque visitáramos decenas de veces el mismo lugar de poder, jamás se repetían las mismas circunstancias. Conseguía transmitir la meditación a cada nuevo individuo con las palabras y conceptos más afines a él, destacando para cada uno aquello que en ese instante le fuera más necesario. … ¿Cómo juzgar el avance y el potencial de un alumno determinado? Descubrimos que no era solo por sus habilidades meditativas. Vladimir nos instruyó en que el criterio decisivo es la motivación que lo mueve. ¿Le atrae simplemente el grupo al que se ha unido, goza con los estados meditativos, persigue la curación física, o desea «inflar» su poder personal? Si cualquiera de esos impulsos lo motivan, no debe ser conducido más adelante. Únicamente aquel que se dirige al conocimiento exclusivo del Creador, impulsado por amor a Él, posee el derecho de aproximarse tan cerca como lo permiten nuestras prácticas. ¡Solo a quien ha establecido la Fusión con el Creador como objetivo de toda su existencia en la Tierra, Dios le extiende Sus Brazos! … En ocasiones, se incorporaban a nuestros grupos personas con conciencias ya desarrolladas, capaces de ejecutar sin dificultad meditaciones avanzadas… Mas no siempre alcanzaban la Meta. Cuando no poseían lo esencial —un amor ardiente por el Creador—, Dios interrumpía rápidamente su progreso ulterior. «¡Solo es el amor! ¡El amor todo lo determina! Quien va directo a Dios, no deben seducirle ni el grato intercambio con nosotros ni las experiencias meditativas. Debe tener un claro amor por la Meta y anhelar la Fusión con el Creador» —aclaraba Vladimir. Realmente, ¿cómo ejecutar prácticas como la «cruz de Buda», el «dar» o el «despertar», sin amor? ¡Es imposible! Tanto si nos experimentamos como el Río del Espíritu Santo (Pranava) como si nos adentramos en los estratos desconocidos del espacio multidimensional, impregnados de la Luz Viviente de la Conciencia Divina y de Su Ternura —solo podemos habitar Allí cuando somos amor—. Esto es lo que en una ocasión me dijo Sathya Sai Baba al respecto: «En estado de fatiga, empiezas la meditación como un conjunto de gestos aprendidos. Pero eso equivale a los ritos religiosos que tú misma juzgas huecos e inútiles. Das “dos palmadas y tres pasos de baile” para después sorprenderte de que no fluya hacia ti el amor en respuesta. ¡La meditación no es una secuencia mecánica, no es un ejercicio físico para la conciencia! La meditación es la expresión de tu amor por Mí, ¡es entregarte por completo, ofrecerme tu ser!» * * * Antes de iniciar mi trabajo con Vladimir, creía que el Sendero espiritual era como la suma de una sucesión de «despertares»; salir una vez del cuerpo, hundirse en una meditación profunda, recibir una Revelación… y que después esos hitos se iban sumando y te acompañaban toda la vida… Pero pronto comprendí que la realidad era otra. En el ámbito espiritual, nada experimentado o visualizado tan solo una vez es una garantía o te pertenece para siempre. Cada nuevo umbral debe ser conquistado primero «al asalto» y luego, día tras día, —dar pruebas claras de que mereces la altitud alcanzada—. Cada peldaño ganado hay que —habitarlo—, como una casa nueva, transformándolo en un fundamento sólido para seguir subiendo desde ahí. Más aún, en este Sendero no cabe detenerse mucho tiempo a reposar en los peldaños tampoco, no hay lugar ni tiempo para la autocomplacencia. Tan pronto maduramos, ya aguarda el siguiente escalón por tomar. Y una vez superado, Dios propone otro nuevo peldaño, cuya superación nuevamente te hace tambalear —poniéndote a prueba—.
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